Breve regreso

El regreso a Xalapa ha sido festivo. Al principio he sentido mi casa un poco extraña y el rostro de Emilia parecía algo alterado. Pero poco a poco, los espacios se vuelven de nuevo familiares. MI ausencia ha sido breve sí, pero siento como si se hubiera generado un cambio fuerte en mi. No en vano la gran metrópoli me ha hipnotizado con sus encantos.

Xalapa como ciudad quizá no me dice demasiadas cosas, no encuentro aquí los millones de discursos que ofrece la Ciudad de México, pero de alguna manera, esas pocas palabras que expresan las calles jalapeñas son vastas y coherentes. Un instante, un personaje, se atreven a explicar con mayor claridad el transcurso de la tarde. Allá aún son códigos casi incomprensibles.

Se siente muy bien estar de regreso, aunque sólo sea por unos días y deba marcharme dentro de poco. Lo único terrible es que he notado que los estornudos, actos que creo me identifican, sólo me suceden aquí.

Un pacto

La ciudad me conoció de pequeña.

Dice Leo que esta metrópoli es un espejo y que debes saber qué es lo que quieres para que así puedas vivir con ella. Con una sonrisa tierna, casi paternal, casi de enamorado dice que ella sí sabe lo que quiere, sí se conoce a sí misma, de allí su magia, sus posibilidades infinitas. Para Leo, la ciudad es una mujer, no hay duda.

La ciudad ahora me llama, me ofrece una libertad que no imaginé. No es la ciudad monstruo ni la secuestrada, es el laberinto en el cuál transitamos guiados por ese hilo de tiempo y deseos, laberinto que nos permitirá, si no nos distraemos en nimiedades, encontrarnos, luchar contra el minotauro, para el minotauro… liberarnos.
Desmond Morris dejó en mi infantil cabecita la idea del zoológico humano y ahora, quizá la edad o el ocio infundado me hacen desear una jaulita en esta gigantesca Tenochtitlan. La ciudad me sorprendió con sus escalofríos de siete a.m. cuando era pequeña, mostró fuego y humo: me dejó ir convenciéndome de que era imposible respirar en ella, pero ahora se muestra dócil, me dice: niña, vuelve a mí, visita mis espacios y forma tu nido, confía en tu fuerza y déjame ser parte de tus construcciones.
La ciudad me acepta incluso con Emilia, pero aún no es el momento, dame unos meses, le digo, déjame preparar las maletas, organizar las ideas, hoy estoy comprometida con otra ciudad, más pequeña, mucho más pequeña y limitada, pero en ella, en la de la niebla, habita algo más que posibilidades.

Esta noche hago un pequeño pacto con esta ciudad, le aviso que la visitaré de nuevo, por un tiempo será mi refugio y gozaré con ella como cuando, traviesa, me bebía a escondidas la lluvia que caía sobre mi mano. Los adultos la llamaban ácida aunque a mi me refrescara los labios.

He crecido, creo que se acerca el momento de volver, creo que ni la ciudad ni yo somos las mismas y nos podemos descubrir momentos gratos.

A la gran ciudad le ofrezco sonrisas y meditaciones cotidianas a cambio de que me ayude a construir sueños y escrituras. ¿Qué reflejaremos?

Un valle

La ciudad; panaderías impecables, tintorerías ennegrecidas, los tacos, tienditas misceláneas y farmacias enjauladas. Rodeándolo todo están los árboles y edificios pequeños. Las casas grandes, muchas veces descuidadas y algunas veces estrenando algún color, murmuraran secretos, pero me parecen secretos grises, historias de ciudad y hospitales, de días una y otra vez precedidos de ambulancia. Aquí estoy, en la ciudad de mis primeros cuatro años, en la colonia que habrá escuchado mis primeros pasos. Me gusta.

Un corazón

A mi lado hay un corazón rojo, de lata, forrado de diamantina y lentejuelas. Estaba sobre la mesa redonda que alberga una colección de cajitas. Como en el regreso del mago de Oz, reconozco algunas: la de latón y vidrio azul que compré en San Miguel de Allende a los nueve y la japonesa de porcelana en la cual guardé bicarbonato de sodio hace seis años.

La colección no es mía, pero a veces creo que me espera silenciosa porque sabe que, invariablemente terminaré husmeando en su interior en busca de recuerdos. Me agrada llenar las cajitas con alguna miniatura. Ahora mismo he guardado un papelito de galletita de la suerte en una de porcelana que tiene pintada, por un tal Wallenu, una escena rococó de dos enamorados lectores. Ya nos encontraremos de nuevo, cuando el olvido me sorprenda.

Esta noche he notado una nueva pieza, envuelta con celofán y atada por un moño verde. Así la cajita en forma de corazón probablemente espera a que su dueña la descubra. Sin embargo, quizá poseída por el espíritu de Eutanasia, he ultrajado su envoltorio y ahora, desnuda, está a mi lado. La imagino en las manos de Eutanasia, quien orgullosa buscará algún tesoro en su interior. Me gusta que sea así, con sus lentejuelas rosa nacarado y las flores de cuatro pétalos color blanco. Me gustan las diminutas esferas rojo metálico y me intriga el barniz de uñas que mancha uno de sus adornos. Esta latita jubilosa tiene la base muy desgastada, como si su vestuario fuera un amoroso intento de renovación.

Me parece el obsequio idóneo para las edades en que nos volvemos princesas de disney e intentamos caminar con los tacones de nuestras madres, edades que a menudo no terminan jamás. Pasan los minutos y la tomo entre mis manos por décima vez, la abro, la cierro y noto que el teclado está maquillado con diamantinas rojas, mis manos brillan. En este extraño rito sé que debo devolver el corazón a su bolsa de celofán y anudar el moño verde para que su espera continúe pero tampoco puedo dejar de gozar su perturbadora presencia. Mi camisón rojo combina con esta cajita y su ingenua decoración me ha seducido. La quiero para mí, para mi clowna, para las noches desveladas. Podría guardar en ella dulcecitos aunque también me entusiasma mantenerla vacía, negarle su naturaleza de contenedor; podría almacenar dientes de leche o uñas rotas, podría llenarla con aretes solteros o viudos, o con algún anillo de compromiso olvidado. Las posibilidades del secuestro son infinitas pero debo dejarla, sospecho que su llegada a la mesa de las cajitas tiene algún mensaje que no es para mí.

Esperaré, preguntaré y anhelaré convertirme en su propietaria legítima. Pero por ahora, ha llegado la hora de guardarla cuidadosamente en su envoltura.

Pequeño y saltarín

Este dulce ratonero andaba perdido en la orilla de una carretera, ahora necesita con quién vivir.

Aunque ya es adulto, él sabe adaptarse, sabe andar en coche, en brazos, en bolsa, yo lo llamaría perro de bolsillo, con la ventaja de que no es nervioso. Sabe cómo comportarse dentro de casa pero también goza de estar afuera y celebra cada día con saltos que superan su estatura cuatro veces. Gracias a su tamaño come poco y, por su edad, no anda de loquito por allí, es paciente y tiene un buen horario de sueño.

Hoy busca un hogar, necesita alguien que lo quiera abrazar… ¿conocen a alguien que lo quiera adoptar?

De vuelta

Samuel ha regresado a Xalapa, ya estamos juntos de nuevo, el cabello ha crecido un poco. Ha llegado a este día en el que todo en casa muta, juega a los malabares: Sara se quedará a vivir en nuestro hogar y yo me he cambiado de habitación, Eduardo, quien también llegó hoy, se muda a mi habitación y Sara a la de él. Los objetos se mezclan, se combinan por minutos y aquello que ha permanecido inmóvil en un cajón se refugia en nuevo sitio.

Hoy Samuel ha viajado todo el día, para regresar a esta ciudad que ya le sabe un poco a suya. Y yo, sin alejarme siquiera un metro de mi casa, he cambiado de universo, al nuevo espacio que vigila un león violeta.

Samuel está de vuelta, con música que nos envían sus padres desde la anhelada Comitán, con una gran sonrisa, con la calidez de su abrazo cotidiano.

Telegrama recibido

Hoy, Komunicación, esa diosa traviesa, ha traído a un hombrecillo bigotón en una motocicleta hasta mi casa y me ha entregado un hermoso tesoro: un telegrama.

Debo confesar que estos últimos días no han sido los mejores de mi vida y que me siento un poco aislada, en una especie de burbuja de inexistencia. Extraño a mis amigos, a todos los que no están ahora en la ciudad o que si están pero simplemente no conmigo. La verdad es que incluso extraño a mi madre y eso que ahora compartimos el mismo techo; es como si no pudiera comunicarme, como si viviera en una cápsula de grenetina.

Pero allí estaba este hermoso sobre blanco con un importante mensaje, de la persona que me puede dar los mejores mensajes en la vida: Samuel ha jugado conmigo y me ha enviado un bello telegrama en código. En unos minutos yo ya estaba haciendo mis conjeturas. Por casi dos horas, la realidad se me ha convertido en un pequeño papelito, unas cuántas letras, mi sensación de aislamiento se ha desvanecido, he vuelto a jugar. Toda yo me he dedicado a tratar de descifrar el código como si con ello se rompiera la terrible burbuja que me separa de mi alrededor. Finalmente he dejado de lado el texto un poco triste por no saber resolver el enigma, sí, muy diestra no soy.

Tengo pequeñas respuestas, puedo mirar un poco a través del cristal, pero ya es de noche y debo volver a casa, subirme al autobús y emprender el viaje, en esta hora en la cual la lejanía y la otredad se acentúan. Sea lo que sea, es un telegrama, que hoy en día es para mi como un anillo de diamantes, claro, sin los mineros explotados ni el contrabando, ni los bosques heridos. Cuando se tiene un telegrama entre las manos, uno se vuelve invulnerable, amado. Habré de descifrar las palabras.

Sábado enfermizo

Creo que tengo fiebre, somática respuesta del cuerpo ante las tribulaciones del alma. Y sólo quiero escribir unas palabras porque me he pedido a mi misma no abandonar el buen hábito.

Supongo que es el cuarto de siglo o las nubes.

Regresaré… pronto.