La ciudad me conoció de pequeña.
Dice Leo que esta metrópoli es un espejo y que debes saber qué es lo que quieres para que así puedas vivir con ella. Con una sonrisa tierna, casi paternal, casi de enamorado dice que ella sí sabe lo que quiere, sí se conoce a sí misma, de allí su magia, sus posibilidades infinitas. Para Leo, la ciudad es una mujer, no hay duda.
La ciudad ahora me llama, me ofrece una libertad que no imaginé. No es la ciudad monstruo ni la secuestrada, es el laberinto en el cuál transitamos guiados por ese hilo de tiempo y deseos, laberinto que nos permitirá, si no nos distraemos en nimiedades, encontrarnos, luchar contra el minotauro, para el minotauro… liberarnos.
Desmond Morris dejó en mi infantil cabecita la idea del zoológico humano y ahora, quizá la edad o el ocio infundado me hacen desear una jaulita en esta gigantesca Tenochtitlan. La ciudad me sorprendió con sus escalofríos de siete a.m. cuando era pequeña, mostró fuego y humo: me dejó ir convenciéndome de que era imposible respirar en ella, pero ahora se muestra dócil, me dice: niña, vuelve a mí, visita mis espacios y forma tu nido, confía en tu fuerza y déjame ser parte de tus construcciones.
La ciudad me acepta incluso con Emilia, pero aún no es el momento, dame unos meses, le digo, déjame preparar las maletas, organizar las ideas, hoy estoy comprometida con otra ciudad, más pequeña, mucho más pequeña y limitada, pero en ella, en la de la niebla, habita algo más que posibilidades.
Esta noche hago un pequeño pacto con esta ciudad, le aviso que la visitaré de nuevo, por un tiempo será mi refugio y gozaré con ella como cuando, traviesa, me bebía a escondidas la lluvia que caía sobre mi mano. Los adultos la llamaban ácida aunque a mi me refrescara los labios.
He crecido, creo que se acerca el momento de volver, creo que ni la ciudad ni yo somos las mismas y nos podemos descubrir momentos gratos.
A la gran ciudad le ofrezco sonrisas y meditaciones cotidianas a cambio de que me ayude a construir sueños y escrituras. ¿Qué reflejaremos?