Un corazón
Agosto 25, 2006 at 0:14 (Ocio y esperas)
A mi lado hay un corazón rojo, de lata, forrado de diamantina y lentejuelas. Estaba sobre la mesa redonda que alberga una colección de cajitas. Como en el regreso del mago de Oz, reconozco algunas: la de latón y vidrio azul que compré en San Miguel de Allende a los nueve y la japonesa de porcelana en la cual guardé bicarbonato de sodio hace seis años.
La colección no es mía, pero a veces creo que me espera silenciosa porque sabe que, invariablemente terminaré husmeando en su interior en busca de recuerdos. Me agrada llenar las cajitas con alguna miniatura. Ahora mismo he guardado un papelito de galletita de la suerte en una de porcelana que tiene pintada, por un tal Wallenu, una escena rococó de dos enamorados lectores. Ya nos encontraremos de nuevo, cuando el olvido me sorprenda.
Esta noche he notado una nueva pieza, envuelta con celofán y atada por un moño verde. Así la cajita en forma de corazón probablemente espera a que su dueña la descubra. Sin embargo, quizá poseída por el espíritu de Eutanasia, he ultrajado su envoltorio y ahora, desnuda, está a mi lado. La imagino en las manos de Eutanasia, quien orgullosa buscará algún tesoro en su interior. Me gusta que sea así, con sus lentejuelas rosa nacarado y las flores de cuatro pétalos color blanco. Me gustan las diminutas esferas rojo metálico y me intriga el barniz de uñas que mancha uno de sus adornos. Esta latita jubilosa tiene la base muy desgastada, como si su vestuario fuera un amoroso intento de renovación.
Me parece el obsequio idóneo para las edades en que nos volvemos princesas de disney e intentamos caminar con los tacones de nuestras madres, edades que a menudo no terminan jamás. Pasan los minutos y la tomo entre mis manos por décima vez, la abro, la cierro y noto que el teclado está maquillado con diamantinas rojas, mis manos brillan. En este extraño rito sé que debo devolver el corazón a su bolsa de celofán y anudar el moño verde para que su espera continúe pero tampoco puedo dejar de gozar su perturbadora presencia. Mi camisón rojo combina con esta cajita y su ingenua decoración me ha seducido. La quiero para mí, para mi clowna, para las noches desveladas. Podría guardar en ella dulcecitos aunque también me entusiasma mantenerla vacía, negarle su naturaleza de contenedor; podría almacenar dientes de leche o uñas rotas, podría llenarla con aretes solteros o viudos, o con algún anillo de compromiso olvidado. Las posibilidades del secuestro son infinitas pero debo dejarla, sospecho que su llegada a la mesa de las cajitas tiene algún mensaje que no es para mí.
Esperaré, preguntaré y anhelaré convertirme en su propietaria legítima. Pero por ahora, ha llegado la hora de guardarla cuidadosamente en su envoltura.