Un final cotidiano

La noche termina. El día cálido, repleto de sonrisas y danza llega a su fin. Me gusta quién soy, lo que hago.

Falta una semana para estar en casa y sé que los días se apresurarán.

El mar, cotidiano ya, protegerá mi sueño.

Puedo escuchar los grillos y el viento ha alejado temores, calma.

Mañana, al cruzar el umbral de la puerta, saldré de esta habitación para continuar la vida, así de simple.

Vértigo I

Es difícil recuperar la escritura. El sol, el mar azul a lo lejos, las cintas de colores y las ventanas me distraen. Llevo el vestido verde de bolitas blancas, este atuendo que me hace sentir en otro tiempo, inevitablemente fuera de lugar.

Leo “El placer es el único vértigo que deseo prolongar” citado por allí, en la Divina Comedia (la bitácora). Walter Serner fue el dueño de esas palabras y se me quedan de eco, de pulso. Pienso en el vértigo que siento antes de una intervención, del temblor antes de traspasar el umbral para convertirme en Eutanasia por unos minutos. Luego me viene a la mente estos momentos que preceden el movimiento con la voz muda.

Aquí son las cinco de la tarde y deambulo por la casa huésped esperando que el día se dilate o se apresure, que el ocio se quiera productivo.

Creo que he sabido habitar Clownsenada, pero aún no estoy segura de saberme aquí en Ensenada, aún el mar es sólo paisa

Para evitar los silencios

Escribo unos minutos. Muchas cosas han sucedido en estos días, el teatro horizontal que va naciendo.

Por ahora, me he dedicado a CLOWNSENADA , esta historia que transforma y es transformada: http://clownsenada.bitacoras.com

Segunda jornada

Despierto temprano en la mañana, ignoro si a las siete o a las ocho. El sueño rondando todavía salgo a caminar con la madre de Karemi y Cabil (dálmata joven que va saludando a sus camaradas de especie con ladridos y dos que tres quejidos sumisos).

Una hora después llega el desayuno: ensalada de frutas (guayaba y mango en trocitos, granada y almendras fileteadas), nopales, pan con mermelada de fresa e higos, café.

Ya tengo un poco cuadrados los ojos de tanto mirar la pantalla corrigiendo las invitaciones para el domingo y espero que la mirada se amplíe con un viajecito sobre el mar. Hoy iremos en barco a dar una vuelta, bueno, si todos estamos listos a tiempo (cosa que temo poco probable). Después, tendremos una reunión para la intervención del domingo. E, idealmente, un ensayo antes de la pachanga. Del mundo, los Gritos (porque habrá muchos), por el momento, estoy lejos. Inicia el día.

Ya estoy aquí

Ensenada: calles amplias, para ir en automóvil, el mar cerca, cerca, oscuro, mudo aún.

Ya estoy aquí, tan lejos.

Día libre

Domingo, domingo que creí sábado porque ya no reconozco los nombres.

Atardecer con luna de uña, noche fresca y juego.

Mañana será el día libre, un buen descanso. Podré dedicarme a los boletines de prensa, la bitácora y el lavado de vestuario.

Hoy he conocido más de Ensenada y de mi misma; como en todos los viajes, me nacen los deseos, las decisiones y los deseos de decisiones.

Los días se hacen cortos.

Me voy

Y ya es tiempo, hace dos días que debería haber dejado Xalapa. Sin embargo, cada instante me parece màs difícil preparar la lejanía.
Me voy poco tiempo, es cierto, pero hay algo de mi partida que me
hace sentir entre fatalista y necia.

Por otro lado, siento que no he podido resolver las cosas del todo. Pero allá voy, llegaré pronto Ensenada, nos conoceremos y redescubriré el Pacífico, mi mar de infancia.

Lunas de invierno

La noche
y los maduros corazones
con esa oscura carga
de todo lo omitido,
pesan sobre las almas.
Una luna violenta
se oculta
entre los árboles.
Esta visitación
nos sobresalta.
No es época de luna
y nada espera
el corazón
que pesa
y no se calma.
Atenas
está llena de luna
en este invierno suave.
Ay, otras lunas
vieron los ojos jóvenes,
otras lunas violentas,
sumergidas
en las nubes de fuego.
Esta luna nos pesa
y los maduros corazones
recuentan
sus pasiones incumplidas.

Gutiérrez Vega, Hugo. “Lunas de invierno” de Los soles griegos en Los Pasos Revividos, Ediciones El Tucán de Virginia, México, 1997

De nómadas y trastes limpios

Eduardo escribió un ensayo sobre la naturaleza nómada del ser humano y su aparentemente reciente sedentarismo. Me acuerdo de un libro sobre el Tawantinsuyo y cómo el viajero tenía un lugar importante en la sociedad, igual que los peregrinos de Canterbury o el infinito camino de Santiago. Sea lo que sea, el peregrino, el viajero son esas figuras resplandecientes que aceptamos con dulzura o con una clara hostilidad. ¿Qué representa el viajero para nosotros los anclados? ¿Porqué el hijo de tío Agapito considera que sólo se vive cuando se viaja? ¿Porqué me resulta fascinante despertar en mi cama y reconocer los detalles? ¿Porqué he adoptado a Emilia justo cuando planeaba iniciar lo caminos? ¿Por qué, a pesar de estar viajando, mi madre no puede sentirse libre? ¿Es acaso que son precisamente los puertos, el nicho familiar lo que nos da el impulso para gozar de los grandes viajes?

Otro libro, La cruzada de los niños (simpatiquísimo y muy barato editado por la UV) también habla del viaje, en el cual el destino y el mismo camino no significan sino lo que cada quién requiere. Cris llega hoy, termina el primer viaje trasatlántico, una ausencia breve y apresurada pero que me genera gran curiosidad. Cris ya quiere llegar a casa, apenas se ha ausentado un breve periodo y ya está lista para volver. El viaje lo digerirá poco a poco, cuando los trastes estén limpios y las sábanas frescas. Finalmente, para poder levar anclas, debemos reconocer un espacio propio, sea una habitación, un deseo o una idea.