¡Cuan grande es la obesidad de los ociosos!

Miro en la pantalla la imagen que una cámara web capta a miles de kilómetros de distancia. Una mujer madura, camina en su bañador blanquinegro por la vereda construida a la orilla de una piscina.

A lo lejos puedo ver el río y observo cómo el viento sacude a los árboles. Está mojada y parece que tiene frío. No lleva toalla así que el agua le escurre por los muslos regordetes, quizá esté arrepentida de haber elegido justo estos días de junio para haber tomado las vacaciones. Las múltiples piscinas del resort y el bufet en el desayuno le han ofrecido la tibieza y comodidad esperadas. Pero la naturaleza no ha tenido piedad, como tampoco la tenemos cuando talamos el árbol frente a nuestra casa para ampliar la cochera, indiferentes al nido o la madriguera.

La Tierra ha elegido el día de hoy para limpiar con viento frío la orilla del río San José. La mujer se dirige resignada hacia su habitación, acaso la tormenta que se avecina sólo sea una imagen reflejada, a lo romántico, de la tristeza que invade a esta mujer que miro en mi pantalla, sentada en mi escritorio, ignorando el generoso sol que se asoma por la ventana de mi habitación.

Privilegios

La lluvia está lavando la ropa, el cuerpo, las ciudades. En perfecto refugio, yo, en goce de mil privilegios, escucho mis palabras, escribo, reposo, río, beso y me alimento.