Diciembre 28, 2007
(Ocio y esperas)
¿Cómo saber cuándoestamos guiados por el deseo o la aversión?
¿Cómo saber que huyo hacia algún sitio?
¿Cómo saber si debo quedarme?
Me he imaginado en tres situaciones diferentes para terminar el año. Las tres son opciones viables y es posible realizarlas sin demasiada complicación.
Dos las deseo, una la rechazo. ¿Qué hacer?

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Diciembre 27, 2007
(Palabras)
Busco un poema o un breve relato que hable sobre la tierra, la tierra donde se siembra y donde se entierran los cuerpos. Quiero saber palabras que huelan a tierra, sin miedo.
Las invoco.
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Diciembre 27, 2007
(Escribientes ellas)
Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor:
Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes.
Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor.
Ya no amo.
Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje.
Ya no estoy loca.
Peri Rossi, Cristina. “Después” en Otra vez eros 1994 (tomado de la página oficial de la escritora uruguaya www.cristinaperirossi.es)
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Diciembre 24, 2007
(Climatológicas, Emilia y su familia)
Salimos a caminar. Son las siete, es de noche y una fresca niebla cubre las calles. Los eléctricos adornos anuncian la fiesta navideña. Ella lleva prisa, busca algo que la bruma le oculta. Quiere ir al parque donde corre libre pero le confieso que podría ser peligroso pues en cuanto se alejara unos metros de mi se desvanecería entre la hierba. Comprende. Regresamos a casa cuando termina la hora y se vuelven las ocho, mi rostro frío y su nariz helada. ¿Qué piensa ahora la que me acompaña? Es tiempo de emprender mi camino, dejarla esperando hasta la mañana, con la radio y una luz encendida para que olvide los truenos de medianoche.
Veinte horas, ya un minuto.
Día veinticuatro en la ciudad,
automóviles presurosos,
traen de tanto correr los zapatos rotos.
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Diciembre 11, 2007
(Transiciones, Viajes)
Diez días de silencio, de horarios y soledad. Es tiempo de escucharme. Ya veremos qué sucede, que sea el silencio sagrado lo que me conduzca.
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Diciembre 3, 2007
(Palabras, Viajes, Vocativas)
Cuando voy a casa de mi abuela , respiro y camino la ciudad en la que nací. Mi propia vida, la que se lleva a cabo lejos de la sala fría o el antecomedor con la lámpara de vidrios multicolores, me parece irreal, frágil, ilógica. La casa de mi abuela se vuelve paradigma y las escaleras, las ventanas, el mantel; cada detalle de su estructura es el referente primigenio de mi vida. Qué perturbador es reconocer los gestos y las palabras, sentirme ajena y al mismo tiempo víctima de ineludible genealogía. Las enfermedades, las discusiones, las manías, todas se suceden una tras otra hasta que, cuando regreso a casa, no sé quien soy y sólo puedo adivinar que el tiempo pasa sin demasiado orden. He salido de esa casa oscura, fría pero perfecta en cada uno de sus contradicciones. Otro día, sola o acompañada, viva con quien viva, coma lo que coma, habré de volver a ella y todo detalle ajeno a su arquitectura será superfluo, como ha sido desde que tengo memoria. Le pertenezco, aunque me crea libre. Yo misma soy un mapa para recorrerla. Tras el portón de madera se han configurado mis filias y fobias. Cada visita, cualquier cambio, resultado de la renovación o el envejecimiento, son espejo de alguna modificación en mi propia historia, es mi retrato oculto, o mejor dicho, en ella puedo interpretar mi retrato: los botones de varias contando no se cuantas discusiones, el vestido de novia esperando en un armario destartalado, la cuna amarilla donde todos hemos dormido, los espejos tras las puertas cuyas manijas giran al revés, las etimologías encuadernadas, los tornillos oxidados anhelando el rescate, la alfombra percudida con geometría mágica, las planchas de hierro, la lámpara pesada que anuncia terremotos, los baños blancos, las cerraduras.
La casa de mi abuela es permanente, lo único permanente, la isla a la cual se regresará siempre, es la casa materna de la que hablan algunos flemáticos.
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