El viento, como un volar de flechas

“El viento, como un volar de flechas, traspasa las cortinas;
cae la lluvia fría oblicuamente y suena como el gong de los serenos.
Yerto el pecho, me tiendo en los cojines, mas no puedo dormir.

Me pesan como hierro las entrañas. Mis lágrimas resbalan incesantes.
El “siu.siu” de los bambués bajo la ventana es angustioso como el mismo otoño.
El tejado gotes sobre las flores, ¡oh interminable noche!

Sola en la oscuridad, desamparada en este frío crecient, abrumada me siento de infinita tristeza.
Y el corazón a punto de romperse en pedazos.
En mi cuerpo, delgado cual una caña de bambú,
mis entrañas son cuerdas que se retuercen y se anudan.

¡Cómo alejar de mí tales angustias!
La ventana se queja. Oigo en la noche el caer de la lluvia sobre los bambúes.
¡Y en cada una de sus hojas hay diez mil celemines de tristeza!”

Chao Su Cheng

Me miro al espejo, Chao Su Cheng

“Me miro al espejo y me espanta mi rostro.
¡Me horrorizo de mí misma!

A cada primavera que retorna, me invade siempre una gran laxitud pareja al malestar de una grave dolencia.

Y me domina una extraña pereza cuando aspiro el perfume de las flores, al disponer de los
afeites de mi rostro.

Todo me irrita. Esta tristeza nueva viene a aumentar la de los días pasados.

Vivo temiendo que los gritos siniestros de los cuervos lleguen a mis oídos,
y me acomete una amarga verguenza cuando, a través de la ventana, veo la sombra de las golondrinas enamoradas.

Las cejas bien dibujadas y los ojos bajos. Ya no se trata de otra cosa…

En la soledad, los sentimientos se vuelven muy austeros.

Sobre la vida de brillantes colores, las golondrinas prosiguen sus gorjeos “ni-nann”.

Mas ya no puedo darme por entero a ningún gozoso pensamiento.

Cuando llega la primavera turbadora, he de dar rienda suelta a mis pesares.

Entonces, ante los esplendores de la naturaleza, no hay un solo momento en que no se desgarren mis entrañas.

¡Oh turbadoras flores del melocotonero, en las primeras noches de la luna en el periodo de los LLantares Fríos!

¡Oh grandes sauces, bajo la luz dorada del crepúsculo movidos por el céfiro inmortal!

Las flores que, impacientes, se abren por doquier acentúan mi tristeza, especialmente aguda a la hora en que, ante el pabellón que mira al oeste, el sol se cruza con la noche.”

Chao Su Cheng (siglo XII) vivió durante la Dinastía Sung. Su nombre significa “límpida franqueza”. Definitivamente, la poesía no sabe de tiempo. La traducción es de Marcela de Juan. Invito a lectoras y lectores que hagan su propia versión, que esta emoción está viva hoy, sin importar la identidad, la nacionalidad, las aves o el nombre de los árboles. Yo intentaré una variación alrededor del poema, ¿porqué no? Así me he sentido ultimamente, a mi eso de trabajar no me sienta muy bien, jijijijiji.

Gratitud

Hace un par de horas pedía al universo que algo sucediera, algo nuevo, fresco, especial. Lamentaba que mis días estuvieran sucediendo uno tras otro sin ningún provecho o extravagancia. Pide y se te dará: mi mamá estrena bitácora, y esta vez va en serio. Lo he leído too, río y me conmuevo. Se trata de su libre tren de pensamiento, una escritura fresca, nueva, especial, sin ataduras sintácticas, con confianza, como sólo una mujer sesentera puede relatar la vida. Me ha encantado. Agradezco.

Al fin los sesenta

Después

Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor:

Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes.

Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor.

Ya no amo.

Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje.

Ya no estoy loca.

Peri Rossi, Cristina. “Después” en Otra vez eros 1994 (tomado de la página oficial de la escritora uruguaya www.cristinaperirossi.es)