Samuel e Ivan, mis mejores amigos

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Fresas a las seis de la tarde

Seis de  la tarde, ruedo mi pie sobre una botella verde, como fresas y encuentro

una canción, otra, otra.

La única luz proviene de la pantalla, las muleteas reposan en el piso.

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Cuando la duda acecha

¿Cómo saber cuándoestamos guiados por el deseo o la aversión?

¿Cómo saber que huyo hacia algún sitio?

¿Cómo saber si debo quedarme?

Me he imaginado en tres situaciones diferentes para terminar el año. Las tres son opciones viables y es posible realizarlas sin demasiada complicación.

Dos las deseo, una la rechazo. ¿Qué hacer?

ventana

Viajero nocturno

Se acerca.
Un gigante que corre a noventa kilómetros por hora
lo trae en las costillas.
Es de noche y quizá llueva pero él escucha
no la lluvia sino las melodías uruguayas
o los cantos de un hombre peninsular.
La ciudad es isla, sobre las nubes. 
Poco a poco, las luces se despiertan,
millones de ventanas surcando el cielo.
Y a ras del suelo, los caminos,
las casas frágiles, los transeúntes.

Se acerca. 
Al despertar nos encontraremos,
él con la modorra de una cama improvisada,
yo con el anuncio cotidiano.
Mi amado viaja de noche,
cuando los árboles son sombras veloces,
la casa se habita de espera.

Un final cotidiano

La noche termina. El día cálido, repleto de sonrisas y danza llega a su fin. Me gusta quién soy, lo que hago.

Falta una semana para estar en casa y sé que los días se apresurarán.

El mar, cotidiano ya, protegerá mi sueño.

Puedo escuchar los grillos y el viento ha alejado temores, calma.

Mañana, al cruzar el umbral de la puerta, saldré de esta habitación para continuar la vida, así de simple.

Día libre

Domingo, domingo que creí sábado porque ya no reconozco los nombres.

Atardecer con luna de uña, noche fresca y juego.

Mañana será el día libre, un buen descanso. Podré dedicarme a los boletines de prensa, la bitácora y el lavado de vestuario.

Hoy he conocido más de Ensenada y de mi misma; como en todos los viajes, me nacen los deseos, las decisiones y los deseos de decisiones.

Los días se hacen cortos.

Breve regreso

El regreso a Xalapa ha sido festivo. Al principio he sentido mi casa un poco extraña y el rostro de Emilia parecía algo alterado. Pero poco a poco, los espacios se vuelven de nuevo familiares. MI ausencia ha sido breve sí, pero siento como si se hubiera generado un cambio fuerte en mi. No en vano la gran metrópoli me ha hipnotizado con sus encantos.

Xalapa como ciudad quizá no me dice demasiadas cosas, no encuentro aquí los millones de discursos que ofrece la Ciudad de México, pero de alguna manera, esas pocas palabras que expresan las calles jalapeñas son vastas y coherentes. Un instante, un personaje, se atreven a explicar con mayor claridad el transcurso de la tarde. Allá aún son códigos casi incomprensibles.

Se siente muy bien estar de regreso, aunque sólo sea por unos días y deba marcharme dentro de poco. Lo único terrible es que he notado que los estornudos, actos que creo me identifican, sólo me suceden aquí.

Un corazón

A mi lado hay un corazón rojo, de lata, forrado de diamantina y lentejuelas. Estaba sobre la mesa redonda que alberga una colección de cajitas. Como en el regreso del mago de Oz, reconozco algunas: la de latón y vidrio azul que compré en San Miguel de Allende a los nueve y la japonesa de porcelana en la cual guardé bicarbonato de sodio hace seis años.

La colección no es mía, pero a veces creo que me espera silenciosa porque sabe que, invariablemente terminaré husmeando en su interior en busca de recuerdos. Me agrada llenar las cajitas con alguna miniatura. Ahora mismo he guardado un papelito de galletita de la suerte en una de porcelana que tiene pintada, por un tal Wallenu, una escena rococó de dos enamorados lectores. Ya nos encontraremos de nuevo, cuando el olvido me sorprenda.

Esta noche he notado una nueva pieza, envuelta con celofán y atada por un moño verde. Así la cajita en forma de corazón probablemente espera a que su dueña la descubra. Sin embargo, quizá poseída por el espíritu de Eutanasia, he ultrajado su envoltorio y ahora, desnuda, está a mi lado. La imagino en las manos de Eutanasia, quien orgullosa buscará algún tesoro en su interior. Me gusta que sea así, con sus lentejuelas rosa nacarado y las flores de cuatro pétalos color blanco. Me gustan las diminutas esferas rojo metálico y me intriga el barniz de uñas que mancha uno de sus adornos. Esta latita jubilosa tiene la base muy desgastada, como si su vestuario fuera un amoroso intento de renovación.

Me parece el obsequio idóneo para las edades en que nos volvemos princesas de disney e intentamos caminar con los tacones de nuestras madres, edades que a menudo no terminan jamás. Pasan los minutos y la tomo entre mis manos por décima vez, la abro, la cierro y noto que el teclado está maquillado con diamantinas rojas, mis manos brillan. En este extraño rito sé que debo devolver el corazón a su bolsa de celofán y anudar el moño verde para que su espera continúe pero tampoco puedo dejar de gozar su perturbadora presencia. Mi camisón rojo combina con esta cajita y su ingenua decoración me ha seducido. La quiero para mí, para mi clowna, para las noches desveladas. Podría guardar en ella dulcecitos aunque también me entusiasma mantenerla vacía, negarle su naturaleza de contenedor; podría almacenar dientes de leche o uñas rotas, podría llenarla con aretes solteros o viudos, o con algún anillo de compromiso olvidado. Las posibilidades del secuestro son infinitas pero debo dejarla, sospecho que su llegada a la mesa de las cajitas tiene algún mensaje que no es para mí.

Esperaré, preguntaré y anhelaré convertirme en su propietaria legítima. Pero por ahora, ha llegado la hora de guardarla cuidadosamente en su envoltura.

Telegrama recibido

Hoy, Komunicación, esa diosa traviesa, ha traído a un hombrecillo bigotón en una motocicleta hasta mi casa y me ha entregado un hermoso tesoro: un telegrama.

Debo confesar que estos últimos días no han sido los mejores de mi vida y que me siento un poco aislada, en una especie de burbuja de inexistencia. Extraño a mis amigos, a todos los que no están ahora en la ciudad o que si están pero simplemente no conmigo. La verdad es que incluso extraño a mi madre y eso que ahora compartimos el mismo techo; es como si no pudiera comunicarme, como si viviera en una cápsula de grenetina.

Pero allí estaba este hermoso sobre blanco con un importante mensaje, de la persona que me puede dar los mejores mensajes en la vida: Samuel ha jugado conmigo y me ha enviado un bello telegrama en código. En unos minutos yo ya estaba haciendo mis conjeturas. Por casi dos horas, la realidad se me ha convertido en un pequeño papelito, unas cuántas letras, mi sensación de aislamiento se ha desvanecido, he vuelto a jugar. Toda yo me he dedicado a tratar de descifrar el código como si con ello se rompiera la terrible burbuja que me separa de mi alrededor. Finalmente he dejado de lado el texto un poco triste por no saber resolver el enigma, sí, muy diestra no soy.

Tengo pequeñas respuestas, puedo mirar un poco a través del cristal, pero ya es de noche y debo volver a casa, subirme al autobús y emprender el viaje, en esta hora en la cual la lejanía y la otredad se acentúan. Sea lo que sea, es un telegrama, que hoy en día es para mi como un anillo de diamantes, claro, sin los mineros explotados ni el contrabando, ni los bosques heridos. Cuando se tiene un telegrama entre las manos, uno se vuelve invulnerable, amado. Habré de descifrar las palabras.