Miedo a los hospitales

Cuando vamos a una clínica de salud nunca sabemos cuánto tiempo estaremos allí, llegar a un hospital es asumir que el tiempo ya no nos pertenece, que necesitamos pastillas para tolerar el dolor y armazones metálicos para sostener nuestros paso. Entrar a un hospital es asumir nuestra fragilidad, nuestra falta de autosuficiencia.

Sí, creo que le tengo miedo a los hospitales. Tengo tanto miedo que he retrasado mi cura por una semana, poco tiempo comparado al que alguien que viva lejos o no tenga el dinero suficiente debe esperar para ser atendido. Yo tengo una tarjeta, un seguro médico que vence en diez días, y aún así, caprichosa, he evitado pasar el umbral del centro médico con tal de no enfrentarme a esa suspensión del tiempo y los espacios.

Es curioso como ir de visita a un hospital para dar ánimos o incluso pernoctar en uno para apoyar a un ser querido no me asusta, incluso me agrada. Sólo Eutanasia, mi clowna, acepta su miedo a ratos y se retrae en los pasillos, se queda un poco atrás, temiendo ser internada, abierta, inspeccionada.

Yo, aunque me duela, puedo abrir un baúl de pretextos para no ir, para no enfrentarme a las filas de otros heridos, mil veces más graves, mil veces más necesitados (sí, eso también es un pretexto). Me niego a comparar mi queja a la de los otros, a ser tocada por manos de látex y miopías inertes. Yo no tomo medicinas, yo no voy a hospitales, yo me curo solita, yo, yo,yo.

¡Qué enorme cantidad de soberbia, de arrogancia! Y sí, por eso el pie no sana y se hincha como de hobbit, aunque lo tenga en reposo, aunque me provea de mimos y cuidados. Me he torcido la pata para que acepte, con humildad, que no soy invencible y que no sólo yo decido a dónde voy. Aunque me enoje, debo asumir que el miedo tiene sus consecuencias y que hoy, en unos minutos, cuando llegue al hospital, me convierta en paciente, en enferma, estaré creciendo, perderé ceguera. Baños de humildad es lo que dan los hospitales, tanto que a veces nos hacemos chiquititos y desaparecemos.

Ecuanimidad

Todo su cuerpo era una sonrisa.
Supo que moriría. Reconoció la hora exacta y precisa.
Cuando se tienen esas certezas el miedo desaparece.
Entonces atar nudos es un quehacer dulce.

Diez jarritos para llenar y una balsa

Balsas para navegar

Todos los días, poco a poco hay diez jarritos que llenar: nekkhamma, sila, viriya, khanti, sacca, adhitthana, pañña, upekkha, metta y dana.

Balsas para navegar, explorar, comprender.

Así sea.

Silencio

Diez días de silencio, de horarios y soledad. Es tiempo de escucharme. Ya veremos qué sucede, que sea el silencio sagrado lo que me conduzca.

Un pacto

La ciudad me conoció de pequeña.

Dice Leo que esta metrópoli es un espejo y que debes saber qué es lo que quieres para que así puedas vivir con ella. Con una sonrisa tierna, casi paternal, casi de enamorado dice que ella sí sabe lo que quiere, sí se conoce a sí misma, de allí su magia, sus posibilidades infinitas. Para Leo, la ciudad es una mujer, no hay duda.

La ciudad ahora me llama, me ofrece una libertad que no imaginé. No es la ciudad monstruo ni la secuestrada, es el laberinto en el cuál transitamos guiados por ese hilo de tiempo y deseos, laberinto que nos permitirá, si no nos distraemos en nimiedades, encontrarnos, luchar contra el minotauro, para el minotauro… liberarnos.
Desmond Morris dejó en mi infantil cabecita la idea del zoológico humano y ahora, quizá la edad o el ocio infundado me hacen desear una jaulita en esta gigantesca Tenochtitlan. La ciudad me sorprendió con sus escalofríos de siete a.m. cuando era pequeña, mostró fuego y humo: me dejó ir convenciéndome de que era imposible respirar en ella, pero ahora se muestra dócil, me dice: niña, vuelve a mí, visita mis espacios y forma tu nido, confía en tu fuerza y déjame ser parte de tus construcciones.
La ciudad me acepta incluso con Emilia, pero aún no es el momento, dame unos meses, le digo, déjame preparar las maletas, organizar las ideas, hoy estoy comprometida con otra ciudad, más pequeña, mucho más pequeña y limitada, pero en ella, en la de la niebla, habita algo más que posibilidades.

Esta noche hago un pequeño pacto con esta ciudad, le aviso que la visitaré de nuevo, por un tiempo será mi refugio y gozaré con ella como cuando, traviesa, me bebía a escondidas la lluvia que caía sobre mi mano. Los adultos la llamaban ácida aunque a mi me refrescara los labios.

He crecido, creo que se acerca el momento de volver, creo que ni la ciudad ni yo somos las mismas y nos podemos descubrir momentos gratos.

A la gran ciudad le ofrezco sonrisas y meditaciones cotidianas a cambio de que me ayude a construir sueños y escrituras. ¿Qué reflejaremos?

De vuelta

Samuel ha regresado a Xalapa, ya estamos juntos de nuevo, el cabello ha crecido un poco. Ha llegado a este día en el que todo en casa muta, juega a los malabares: Sara se quedará a vivir en nuestro hogar y yo me he cambiado de habitación, Eduardo, quien también llegó hoy, se muda a mi habitación y Sara a la de él. Los objetos se mezclan, se combinan por minutos y aquello que ha permanecido inmóvil en un cajón se refugia en nuevo sitio.

Hoy Samuel ha viajado todo el día, para regresar a esta ciudad que ya le sabe un poco a suya. Y yo, sin alejarme siquiera un metro de mi casa, he cambiado de universo, al nuevo espacio que vigila un león violeta.

Samuel está de vuelta, con música que nos envían sus padres desde la anhelada Comitán, con una gran sonrisa, con la calidez de su abrazo cotidiano.