Nostalgia, ¿dónde estás Eutanasia?

Pasa el tiempo y creo que estas dos fotos de Eutanasia son mis favoritas, para tenerlas a la mano las pongo aquí:

Quiero

Quiero volar en un globo aerostático al atardecer. Lo quiero, como los niños quieren un boleto para entrar a la fábrica de chocolates.
Quiero mirar por una hora el cielo libre de luces de ciudad y nubes, como hice hace muchos años con mi mejor amigo.
Quiero cosechar nieve en una mañana y disfrutarla en silencio, recordando la mirada clara de mi primo menor.
Quiero limpiar mis dientes y luego morder una manzana, con la satisfacción de la primera conquista.
Quiero ser licenciada y reirme por unos minutos en el pasillo de letras, sin temores.
Quiero que Samuel me acompañe en esta travesía.

Es una de esas noches

Es una de esas noches, precedidas por un atardecer dilatado y calmantes ruidos de urbanidad. No importa si tengo once años, nueve, diecisiete o veintiseis, estas noches llegan, voraces. Sé que esta vida la recordaré sólo por estas noches, estas tardes en las que el exterior se intensifica y reconozco mi lugar en el mundo.

Privada de Corina número diez

Cuando voy a casa de mi abuela , respiro y camino la ciudad en la que nací. Mi propia vida, la que se lleva a cabo lejos de la sala fría o el antecomedor con la lámpara de vidrios multicolores, me parece irreal, frágil, ilógica. La casa de mi abuela se vuelve paradigma y las escaleras, las ventanas, el mantel; cada detalle de su estructura es el referente primigenio de mi vida. Qué perturbador es reconocer los gestos y las palabras, sentirme ajena y al mismo tiempo víctima de ineludible genealogía. Las enfermedades, las discusiones, las manías, todas se suceden una tras otra hasta que, cuando regreso a casa, no sé quien soy y sólo puedo adivinar que el tiempo pasa sin demasiado orden. He salido de esa casa oscura, fría pero perfecta en cada uno de sus contradicciones. Otro día, sola o acompañada, viva con quien viva, coma lo que coma, habré de volver a ella y todo detalle ajeno a su arquitectura será superfluo, como ha sido desde que tengo memoria. Le pertenezco, aunque me crea libre. Yo misma soy un mapa para recorrerla. Tras el portón de madera se han configurado mis filias y fobias. Cada visita, cualquier cambio, resultado de la renovación o el envejecimiento, son espejo de alguna modificación en mi propia historia, es mi retrato oculto, o mejor dicho, en ella puedo interpretar mi retrato: los botones de varias contando no se cuantas discusiones, el vestido de novia esperando en un armario destartalado, la cuna amarilla donde todos hemos dormido, los espejos tras las puertas cuyas manijas giran al revés, las etimologías encuadernadas, los tornillos oxidados anhelando el rescate, la alfombra percudida con geometría mágica, las planchas de hierro, la lámpara pesada que anuncia terremotos, los baños blancos, las cerraduras.

La casa de mi abuela es permanente, lo único permanente, la isla a la cual se regresará siempre, es la casa materna de la que hablan algunos flemáticos.

La decadencia de la memoria

Por varios años había olvidado que hoy nació mi amado creador, el idealizado y fascinante, histriónico y poeta. Ya recuerdo, acaso conmovida por un monosilábico llamado de hace algunos días. Por los ojos azules de un amante joven, Wilde escribió la carta que en mi adolescencia sería refugio y liberación ante un duelo amoroso. Más tarde, con su ensayo-diálogo entre Cirilo y Viviano, determinaría mis profesiones y una secreta ambición. Pero el tiempo pasa, las mujeres crecemos, encontramos nuevos aliados y en franca decadencia había olvidado no sólo su cumpleaños sino su arte. Hoy lo recuerdo, como un asalto, como los ojos azules del pasado. Oh querido apasionado, deseo que hayas encontrado ya un amante dulce y bello que te sepa seducir y amar al mismo tiempo, si no, que alguien escriba una historia, una obra, coreografía o cuadro en donde uno tome tu mano y caminen juntos, amados, gozosos en otra dimensión, dimensión que supiste inventar en papel y carne. Poñoñoñóm

Martes

Como anillo al dedo:

“Vuelves, de un invierno inducido, voluntario. Lleno el iris y la piel de vastas extensiones de tierra y aire. Vuelves, a la pequeña cueva, al nicho electrónico. Te será nuevo el ladrido nocturno, el sudor de mediodía, la cama estrecha. Reconocerás el cansancio y gastarás la lengua para explicar lo vivido, aceptando desde la primera exhalación que no hay retrato posible. Vuelves, llegas con el sol y los huracanes. Reposa a mi lado. Helénico, deja que pruebe las millas de sal y bañe sin sangre tu retorno.” E. P